El regreso incómodo y necesario de “Solo como una perra”

El regreso incómodo y necesario de “Solo como una perra”



En su origen, el conflicto era el “yo”: cómo presentarse en sociedad, cómo salir del placard, o “ropero” como bien marca el autor que decimos en estos pagos, cómo existir frente a la mirada ajena. Hoy, el problema es otro y más profundo: la falta de un “todos”. Geretto lo pone en escena sin solemnidad, con humor, gritos, risas, provocación y un despliegue corporal que son una prueba de que el actor no para de evolucionar. La obra trasciende el colectivo trans —al que históricamente estuvo asociado— para hablar de algo más amplio y actual: vivimos encapsulados, individualizados, encerrados en roperos simbólicos, aunque creamos estar más visibles que nunca.

Solo como una perra también funciona como un registro histórico singular del movimiento trans en Rosario, pero evita el tono pedagógico o la bajada de línea. No se habla de minorías: se habla, se ríe, se incomoda. El pudor deja de ser límite y se transforma en puente. La obra pregunta sin responder del todo: ¿qué es hoy la familia?, ¿qué vínculos construimos?, ¿qué queda de aquellas épocas donde la gente se juntaba a soñar y a hacer, y no solo a mostrarse?

En contraste con otras narrativas más ordenadas o conciliadoras —como Amigas son las amigas—, Solo como una perra elige el desborde. No tiene, ni busca, la efimeridad mítica de aquella primera versión que “pasó y se perdió”. En tiempos de redes, donde todo queda, se guarda y se replica, la obra asume que nada desaparece del todo. Todo es eterno, incluso lo incómodo. Que son nuestros recuerdos, en qué se transforman. Y desde ahí lanza su mayor provocación: el colectivo, tal como lo conocíamos, quizás ya no existe; somos trans, transhumanos, avatares… pero seguimos sin ser del todo en sociedad. Recuerda a otra ciudad, a otro mundo, lleva a lugares del pasado individual donde nos juntábamos con otros a jugar, divertirnos, crear sin importar lo efímero, el brillo por el brillo mismo.

Un apartado clave del regreso tiene que ver con la cocina creativa de la obra. En diálogo con RosarioPlus, Geretto subrayó que este reestreno no habría sido posible sin la pluma de Juanse Rauch, quien además asume la dirección. Destacó especialmente que el hecho de que Juanse “tenga su mitad” habilita otra mirada, otra sensibilidad y otra perspectiva que se suma al buceo profundo de una obra que no dejó registros materiales, pero sí una huella emotiva poderosa. Esa doble lectura —la memoria afectiva y la reescritura contemporánea— es la que permite que Solo como una perra vuelva a existir sin copiarse a sí misma, reconstruyéndose desde lo que se sintió más que desde lo que se conservó.

El reestreno en el Teatro Broadway no busca cerrar debates, sino volver a abrirlos. La obra es un privilegio que tenemos los rosarinos, estará en exclusiva todos los sábados de enero y febrero a las 21h. Geretto se divierte, juega y ataca otra vez. Y en ese ataque, deja al descubierto una pregunta urgente: en una época obsesionada con el yo, ¿todavía somos capaces de construir un nosotros? ¿O estamos condenados a estar solos como una perra?





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