Piedrabuena, el territorio de los muertos tristes de Mariana Enriquez

Piedrabuena, el territorio de los muertos tristes de Mariana Enriquez


Hay ciudades que el cine repite hasta volverlas reconocibles antes de que aparezca el primer plano. Buenos Aires es una de ellas. Sus avenidas, sus edificios, sus barrios tradicionales, sus bares, sus parques y esa arquitectura porteña que tantas veces funciona como atajo para decir “esto es Buenos Aires”. Mis muertos tristes, la miniserie de Netflix dirigida por el chileno Pablo Larraín, hace algo diferente: corre la cámara hacia los márgenes y encuentra otra ciudad. Una Buenos Aires periférica, popular, áspera y, al mismo tiempo, extrañamente familiar.

La serie sigue a Ema (Mercedes Morán), una médica recién jubilada de 60 años que ve y escucha a los muertos desde niña. La muerte de su madre suscita la llegada de Lidia (Alejandra Flechner), su hermana, con su marido (Carlos Portaluppi) y su hija July (Carolina Álvarez). Lidia vive en Estados Unidos desde hace décadas y las diferencias con el personaje de Mercedes Morán son irreconciliables. Sin embargo, July parece tener el mismo don que Ema. Una serie de sucesos termina de romper el frágil equilibrio entre vivos y muertos. Lo que hasta ahora solo había podido experimentar Ema pasa a ser una carga que se expande por el barrio, donde los muertos empiezan a hacerse presentes.

La serie tiene apenas cuatro capítulos y está basada no en uno, sino en cuatro relatos de Mariana Enriquez. Generar lazos filiales entre los protagonistas de los distintos cuentos para reunirlos en una sola historia fue un trabajo creativo que la propia autora, que participó de todo el proceso creativo de la serie como productora ejecutiva, llevó adelante junto con el director de la serie, el cineasta chileno Pablo Larraín.

Las imágenes no son fotogramas de la serie, sino fotografías del barrio Piedrabuena tomadas de internet. En Mis muertos tristes, la intervención sobre el color transforma ese paisaje: los tonos violáceos lo llevan a una zona de umbral, más cercana a lo espectral. El barrio real, en cambio, aparece con colores más vivos y luminosos.

Las imágenes no son fotogramas de la serie, sino fotografías del barrio Piedrabuena tomadas de internet. En Mis muertos tristes, la intervención sobre el color transforma ese paisaje: los tonos violáceos lo llevan a una zona de umbral, más cercana a lo espectral. El barrio real, en cambio, aparece con colores más vivos y luminosos.

No es la primera vez que Netflix ensaya esta operación: La caída de la Casa Usher, dirigida por Mike Flanagan, tomó distintos relatos de Edgar Allan Poe para construir una historia que excediera la adaptación de un único texto y pudiera producir, a partir de ellos, un universo propio. En Mis muertos tristes, la literatura de Enriquez funciona de un modo semejante: los cuentos se expanden, se contaminan y encuentran en las imágenes un territorio donde volver a vivir.

Uno de los desafíos para que esto fuera posible fue encontrar una geografía común en la que las distintas historias pudieran desplegarse. Así aparece el Barrio Comandante Luis Piedrabuena. Se trata de un complejo habitacional de Villa Lugano, en el sur de la ciudad de Buenos Aires. El sitio fue construido en dos etapas: la primera, en 1957, y la más grande, entre 1975 y 1980. Se trata de un conjunto de viviendas sociales que, por su arquitectura brutalista y por su historia, logró convertirse en una locación ideal para la miniserie de terror.

Piedrabuena aparece como mucho más que un lugar donde transcurre la acción. Es una presencia. Un territorio con memorias encarnadas, o sería más acertado decir espiritualizadas, en esos muertos tristes que recorren los pasillos de los monoblocks y nos cartografían el barrio en todas sus capas. Allí donde tantas ficciones construyen una Buenos Aires reconocible a partir de sus postales, Larraín se detiene en una ciudad que suele quedar fuera del imaginario audiovisual dominante. Quizás por eso, durante buena parte de la serie, tenemos la sensación de estar viendo Buenos Aires por primera vez. No porque sea una ciudad desconocida, sino porque cambia la mirada: lo que la cámara recorre, observa y convierte en materia narrativa. El barrio, los edificios, las calles, los espacios comunes, la periferia: todo aquello que forma parte de la experiencia cotidiana de millones de personas, pero que pocas veces ocupa el centro de una ficción, adquiere una densidad cinematográfica inesperada.

Las imágenes no son fotogramas de la serie, sino fotografías del barrio Piedrabuena tomadas de internet. En Mis muertos tristes, la intervención sobre el color transforma ese paisaje: los tonos violáceos lo llevan a una zona de umbral, más cercana a lo espectral. El barrio real, en cambio, aparece con colores más vivos y luminosos.

Las imágenes no son fotogramas de la serie, sino fotografías del barrio Piedrabuena tomadas de internet. En Mis muertos tristes, la intervención sobre el color transforma ese paisaje: los tonos violáceos lo llevan a una zona de umbral, más cercana a lo espectral. El barrio real, en cambio, aparece con colores más vivos y luminosos.

Según explicó Rodrigo Bazaes, Production Designer de la serie, Piedrabuena fue «el escenario perfecto para el choque entre dos barrios, entre dos clases sociales distintas y una Argentina que ha ido mutando». Si bien los cuentos originales de Mariana Enriquez transcurren en espacios diferentes, entre casas de barrio y la cabaña vacacional de Los Ángeles, la miniserie pasó toda la trama al barrio porteño para convertir su diseño arquitectónico en un personaje más de la historia.

De acuerdo a la propia escritora, los bloques del complejo social, el hospital público y la universidad logran darle más sentido a la historia, que combina lo sobrenatural con un entorno donde conviven la precariedad, el duelo y el abandono institucional.

La elección de Piedrabuena importa también porque permite que la cámara se interne en una zona de la ciudad que no funciona como postal ni como decorado turístico, o al menos no lo hacía hasta ahora, y consigue que ese territorio adquiera una dimensión casi fantástica sin dejar de ser concreto. Filmar un territorio no consiste solamente en registrar un espacio: también supone decidir qué merece ser visto, desde dónde, durante cuánto tiempo y bajo qué luz. Una locación puede ser apenas el fondo de una historia o puede convertirse en una forma de contarla. En Mis muertos tristes, Piedrabuena participa de la atmósfera de los relatos de Enriquez, pero también produce algo que excede la adaptación: una imagen de Buenos Aires que desarma las representaciones más habituales de la ciudad.

En tiempos de producciones audiovisuales cada vez más globalizadas, donde las plataformas pueden trasladar equipos, directores y relatos de un país a otro con una facilidad inédita, Mis muertos tristes tiene algo paradójicamente territorial. No se trata solamente de representar una periferia ni de llevar una cámara hacia un barrio que hasta entonces estaba ausente. Se trata de descubrir que allí también hay formas particulares de habitar, de mirar, de vincularse con los muertos, con la memoria, con el miedo y con los otros. Y que esas formas pueden convertirse en materia estética.





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