Plaza San Martín, un lugar mágico en Buenos Aires

Plaza San Martín, un lugar mágico en Buenos Aires



La placentera lectura de este nuevo libro de Álvaro Abós, Plaza mágica: Biografía de un lugar de Buenos Aires (Adriana Hidalgo), me permitió despejar una sospecha que he abrigado sobre él por muchos años. Veamos.

Álvaro Abós se ha desempeñado con gran solvencia en diversas condiciones y profesiones a lo largo de su vida; ha sido un arriesgado abogado laboralista en tiempos difíciles, un militante de ojo crítico, un exiliado, un talentoso y tenaz periodista, un agudo ensayista, un novelista fascinante.

Ellos han sido – entre otros – los personajes de Álvaro en su vida. Con ellos ha logrado ocultar su condición principal: la de flâneur. Una vez hecha esta denuncia, procedo a formular algunas precisiones: todo flâneur se oculta como tal, o más bien disimula su condición principal detrás de aquellas que considera en el fondo secundarias – por mucho que lo apasionen.

Esto no les gusta a los autoritarios

El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

¿Por qué? No lo sé con certeza, mi conjetura es que un flâneur de talento y que se toma seriamente su condición siente que hay algo de irresistiblemente morboso, hasta de perversidad, en andar mirando las partes de un mundo urbano que parecen no desear ser miradas, en atisbar lo que a la vista de todos no regala a nadie aquello que de tan obvio nadie percibe, en vislumbrar un secreto que el tiempo ha hecho nacer como la flor en las grietas de una pared ruinosa.

La mirada de un flâneur, ya se sabe, no es ingenua como la de un turista, que mira lo que hay que mirar. En Buenos Aires, por caso, el flâneur es capaz de mirar el Obelisco, pero sobre todo a través de él. La del flâneur es una mirada activa, inquisitiva, dolorosa aunque irrenunciable. Siempre evocativa, cómplice. De allí que no sea cómodo ser tomado abiertamente por flâneur. Esa condición puede ser presunta, nunca hacer gala de sí misma.

Es morboso tomarse tanto trabajo por develar las claves de algo que visiblemente no las tiene, por aquello que todos pueden saber que está allí pero nadie observa – ¿cuántos de los cientos de miles de transeúntes que pasan diariamente frente al palacio de Congreso lo miran? Es bochornoso también lo que a veces el flâneur se permite, dejarse llevar por el frenesí de la mirada ingenua del turista por cinco minutos eternos.

La del flâneur es una mirada activa, inquisitiva, dolorosa aunque irrenunciable. Siempre evocativa, cómplice»

Por estos motivos, probablemente, un flâneur de ley tiende, en los tiempos que corren, en que las ciudades están atestadas de cosas que hay que mirar, a disimular sus fechorías, su compulsión a remirar lo que ha sido ya definitivamente mirado, a observar lo que nadie observa, y sobre todo – sin pudor – a ponerse a sí mismo en esa mirada. Sin exagerar pone el cuerpo en su mirada. Se puede entender que un buen flâneur escriba con reticencia.

La plaza dio vida propia a un entorno extremadamente significativo en lo simbólico y en lo histórico, tanto como un presente vibrante»

Pero Álvaro sortea este problema con experimentada astucia. Porque Plaza mágica… es, en esencia, la singular orfebrería de su principal condición.

La Plaza San Martín es una joya, magníficamente engarzada en una biografía urbana que es, asimismo, una biografía del autor como flâneur. No una autobiografía de Álvaro, sino una biografía de un flâneur en acción. Como táctica para vencer la reticencia, funciona. Funciona porque la acción no se vuelca meramente como un resultado impersonal, sino que es transformada en un relato.

Mi metáfora, espero que no sea muy rebuscada, sería que Álvaro da cuenta del movimiento giratorio de un lugar inmóvil. El movimiento giratorio de una plaza, por el tiempo y el espacio. Como si se tratara de una rotonda, la plaza tiene salidas, que son también entradas; algunas son las calles que la conectan con la ciudad, otras son las vivencias, genuinamente relacionadas con la plaza en todos los casos, algunas propias de Álvaro, otras ajenas, de personas, personitas y personajes, que han vivido la plaza de muy diferentes y fascinantes modos.

La biografía de la plaza entremezcla así la historia física – siempre humana y estética –, y las dimensiones culturales, políticas, bélicas, familiares y vecinales, en las que los árboles pueden ser objeto de amor y los amores cobijarse en los bancos y bajo los árboles.

Buenos Aires es una ciudad de ombúes y gomeros inconmensurables, una abundancia increíble de estatuas, y muchísimas cúpulas. La Plaza San Martín, aunque cuenta con pocas estatuas – solamente tres – son ellas demasiado elocuentes de una historia que habla de sí misma. Por las salidas de una rotonda se puede, como cualquiera sabe, volver a ingresar.

El libro mantiene una tensión, creando un campo magnético que evita la dispersión, y que puede alcanzar, en sus peripecias de muertos y vivos, desde la Iglesia del Santísimo Sacramento hasta la Villa 31, desde la Torre de los Ingleses (sigo llamándola así, aunque su nombre oficial sea otro, que no me acuerdo) hasta la avenida Santa Fe, desde Martínez de Hoz al padre Mugica, desde Borges a los caídos en Malvinas.

No todas las plazas de Buenos Aires, más bien unas pocas, tuvieron una morfología, por así decir, irradiante: configuraron un campo urbano en el que la plaza dio vida propia a un entorno extremadamente significativo en lo simbólico y en lo histórico, tanto como un presente vibrante. Álvaro nos explica por qué.

Estaba casi finalizando la lectura del libro, cuando la pregunta irrumpió sin pedir permiso: para aquellos que nos consideramos buenos conocedores de la Plaza San Martín, ¿cuáles son los efectos de la lectura de Plaza mágica. Biografía de un lugar de Buenos Aires, sobre nuestra percepción de un lugar que nos es familiar? Ya he leído libros sin gracia sobre lugares que me son conocidos. Ciertamente este libro no integra esa lista.

Un libro sin gracia es uno que nos cuenta todo lo que ya sabemos, y eso solamente – muy emotivo, Plaza San Martín tiene unas hermosas magnolias, por cierto. Si el libro no tiene gracia, saldremos de él como entramos. Por el contrario, una vez finalizada la lectura de este libro nos quedaremos con la sensación de no haberla visto nunca aún, que el autor nos ha construido una nueva mirada y que la plaza nos espera para ser descubierta.

*Politólogo y ensayista argentino





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