Saber o no saber | Perfil

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Había una vez un hombre que vivía en una cueva. No sabía que vivía allí, porque tenía las piernas encadenadas al suelo y la cabeza cubierta con un artefacto que proyectaba una vida virtual que no era la suya. Un día, una desconocida le quitó el artefacto y le soltó las cadenas, y el hombre vio por primera vez dónde estaban de verdad él y muchos otros. Quedó destrozado. La mujer lo consoló lo mejor que pudo y le dijo que estaba allí para liberarlo. Cuando se disponía a marcharse, el hombre vio a un niño sentado junto a él, con las piernas también atadas y la cabecita invisible dentro de la grotesca máquina. Por compasión, le preguntó a la mujer si podía llevarse al niño. Ella accedió y partieron.

Salir de la cueva fue difícil. Cuando lo lograron, el hombre y el niño se encontraron con una luz tan intensa que al principio apenas podían abrir los ojos. Poco a poco, a medida que su vista se acostumbraba, empezaron a ver formas vagas iluminadas por el sol. Esas formas, aunque difíciles de describir, eran en cierto modo agradables. La mujer las llamó Ideas y explicó que ellas, y solo ellas, «son reales», y que todo lo demás es ilusión. Ni el hombre ni el niño entendieron lo que decía, pero también les pareció agradable. La mujer se marchó y no volvió en siete años.

Cuando regresó, hizo una petición. Ahora que el hombre había sido liberado y vivía feliz en la luz, ¿estaría dispuesto a volver a la cueva y sacar a otra persona, como ella había hecho con él? El hombre aceptó y dijo que bajaría con el niño. Pero a la mañana siguiente, tras recordar las penurias del primer viaje, decidió ir solo. Podía cumplir con la tarea por su cuenta, así que ¿por qué hacer sufrir al chico y privarlo de pasar tiempo al sol? Llamó al chico y le anunció la buena noticia: se quedaría. (…)

Esto no les gusta a los autoritarios

El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

Aristóteles nos enseñó que «todos los hombres por naturaleza desean saber». Nuestra experiencia nos enseña que todos los seres humanos también quieren no saber, a veces con fiereza. Esto siempre ha sido así, pero hay periodos históricos —vivimos en uno de ellos— donde la negación de verdades evidentes parece llevar ventaja, como si algún bacilo psicológico se extendiera por medios desconocidos y el antídoto resultase repentinamente ineficaz. Multitudes fascinadas siguen a profetas ridículos, rumores irracionales desencadenan actos fanáticos y el pensamiento mágico desplaza al sentido común y al conocimiento experto. Siempre se pueden encontrar causas próximas de esas oleadas de resistencia a la verdad, sean acontecimientos históricos, cambios sociales o nuevas corrientes intelectuales y religiosas. Pero el origen es más profundo, está en nosotros mismos y en el propio mundo, que no presta atención a nuestros deseos.

El mundo es un lugar recalcitrante y hay cosas que preferiríamos no tener que reconocer. Algunas son verdades incómodas sobre nosotros mismos; son las más difíciles de aceptar. Otras son verdades sobre la realidad exterior que, una vez reveladas, nos roban creencias y sentimientos que habían hecho nuestra vida mejor, más fácil de vivir, o eso creemos. La experiencia del desencantamiento es tan dolorosa como común, y no sorprende que un verso de un poema inglés olvidado se convirtiera en un proverbio común: «La ignorancia es felicidad».

A todos se nos ocurren razones por las que tanto nosotros como los demás evitamos saber determinadas cosas, y muchas de ellas son totalmente racionales. Una trapecista, justo antes de subirse a la barra, no haría bien en consultar las estadísticas de mortalidad de los que trabajan en su profesión; un poeta joven debería dejar pasar la oportunidad de preguntar a otro de más edad qué piensa de sus versos. La pregunta «¿Me quieres?» no debería escapársenos de la lengua, y es mejor que pase por varios puntos de control antes de que la pronunciemos. Si supiéramos lo que cada persona piensa de nosotros en cada momento (imaginemos una pequeña pantalla led incrustada en cada frente que transmitiera cada pensamiento), no solo nos sentiríamos paralizados ante ellos; también tendríamos problemas para alcanzar una idea independiente de nosotros mismos, libre de las opiniones de los demás. Incluso el autoconocimiento, principio de la sabiduría, depende de que resistamos al menos ese tipo de conocimiento del mundo.

Así que, en casos particulares, todos tenemos razones instrumentales para evitar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Sin embargo, nuestras vidas no se componen de una serie de momentos discretos e inconexos en los que decidimos buscar conocimiento sobre una cosa y luego decidimos no buscarlo sobre otra. La vida no es una cadena de montaje que requiera clasificar las experiencias en una caja u otra quiero saber, no quiero saber mientras pasan por la cinta transportadora. Todos tenemos una predisposición básica hacia el conocimiento, una forma de desenvolvernos en el mundo a medida que nos llegan las experiencias.

*Autor de Ignorancia y felicidad, editorial Debate (Fragmento).





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